Cien mil personas asistirán en Palermo a la beatificación de un párroco asesinado en 1993

Para dar testimonio, rechazó los donativos de los «capos» de Cosa Nostra

El Papa Francisco comentó hace unos días que «vivimos en una época de mártires», muchos más que en los primeros siglos del cristianismo. Los mártires de nuestros días son personas normales. Uno de ellos, don Pino Puglisi, un párroco asesinado por la mafia siciliana en 1993, que será elevado a los altares este sábado en Palermo.
La ceremonia de beatificación, prevista inicialmente en un campo de fútbol, ha tenido que ser trasladada a una explanada junto al mar, para dar cabida a cien mil personas.
En el proceso de beatificación de don Pino figuran los interrogatorios judiciales de su asesino, según el cual, el sacerdote le miró con dulzura, sin odio ni rencor alguno, y simplemente le dijo: «Os esperaba».
La familia de Cosa Nostra, que controla el barrio palermitano de Brancaccio, le había amenazado de muerte porque el nuevo párroco no sólo quería romper el ciclo de opresión y asesinatos sino, sobre todo, porque dificultaba la captación de jóvenes «soldados». Le asesinaron el 15 de septiembre de 1993, el día que cumplía 56 años, delante de su casa, al estilo mafioso, como «lección» para quienes intenten resistirse al clan. La gente pasaba a su lado mientras se desangraba, sin atreverse a ayudarlo, pues Cosa Nostra lo ve todo. Ninguna autoridad civil asistió a sus funerales.
«Lo más que pueden hacer es matarme» Don Pino había tenido su primer encargo sacerdotal en el minúsculo pueblecito de Godrano, a cuarenta kilómetros de Palermo, donde una guerra entre dos clanes mafiosos había causado 15 muertos en los meses anteriores a su llegada.
Su primer esfuerzo fue promover la reconciliación en lugar de la «vendetta», un círculo vicioso de venganzas que destruye familias enteras y amarga la vida a todo el pueblo, pues los mayores saben perfectamente quien asesina a quien. Al llegar a Palermo para hacerse cargo de la parroquia de San Cayetano, en el barrio de Brancaccio, dominado por la mafia, don Pino se dio cuenta de que buena parte de los adultos eran casos perdidos. Para dar testimonio, rechazó los donativos de los «capos» de Cosa Nostra a la parroquia, y les prohibió ocupar lugares destacados en las procesiones, cortando así dos mecanismos de legitimación que Cosa Nostra utiliza en buena parte de Sicilia.
Pero lo que provocó su sentencia de muerte fue la puesta en marcha de un centro juvenil que protegiera a los chiquillos del barrio del riesgo de caer en manos de Cosa Nostra. La mafia capta su «mano de obra» de criminales ya desde pequeñitos.
Encarga a los chavales recoger las pequeñas extorsiones en los comercios, les hace participar en pequeñas distribuciones de drogas, después en actos controlados de violencia como romper los cristales de alguien o quemarle el coche. Así van seleccionando los que luego serán asesinos.
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